sábado, 17 de febrero de 2007

Mis 32 líneas

El lunes pasado el principal diario local La Gaceta publicó una columna de opinión de la decana de derecho de la Universidad Católica. Gilda Pedicone de Valls sostenía ahí que la provincia podía ser declarada zona de desastre institucional. Ese mismo lunes mandé a La Gaceta una contestación a los dichos de la ex fiscal de Estado de Antonio Bussi. Recién hoy el diario publicó apenas un resumen del texto.
Lo que sigue es la contestación a la decana en 32 líneas, las mismas que necesitó para exponer sus ideas en ese diario.

La contestación

La decana de la facultad de Derecho de la Unsta asegura insólitamente que Tucumán pronto puede ser declarada “zona de desastre de institucional”. La afirmación viene acompañada de un análisis político relativista donde se equiparan y asignan responsabilidades por igual a las dos figuras públicas más relevantes de la provincia. Muy a tono con el discurso de algunos analistas políticos provinciales, el enfoque suena políticamente correcto, pero en mi criterio no es responsable.
Que un periodista político o un académico afirme categóricamente estas cosas no quiere decir que esto sea cierto.
En los últimos tiempos la oposición ha utilizado el concepto de calidad institucional para criticar al gobierno por cualquier cosa: Se lo usó para descalificar la reforma de la Constitución, los decretos de necesidad y urgencia, la renegociación de los contratos con las empresas privatizadas, los entes reguladores y hasta se usa absurdamente la muletilla para atacar las declaraciones del propio gobernador.
De tanto uso banal, la oposición le escapa a un debate serio.
El análisis político requiere precisión en los términos, pero fundamentalmente dejar de lado los humores personales. Hay mucha gente aún enojada (y con razón) con la política, y todos debemos hacer mayores esfuerzos para reconciliarla con la gente, eso si creemos que la política puede mejorarle la vida. Relativizar conductas o banalizar sus términos no ayuda a la construcción de ese camino, lo que sí logra este enfoque es tranquilizar algunas conciencias.
El debate sobre el concepto de calidad institucional es eminentemente económico, está relacionado al desarrollo de los países y tiene una tremenda vigencia en el mundo moderno.
Una primera aproximación establece que la calidad institucional está directamente relacionada a reglas claras, estables, fácilmente ejecutables y un Poder Judicial efectivo; igualdad en la distribución de la renta y bajos niveles de corrupción.
Las instituciones son un espejo de las sociedades en las que viven. En consecuencia, discutir seriamente sobre cómo mejorar nuestra calidad institucional es una tarea y responsabilidad de todos.
No existe democracia en el mundo en la que no haya internas políticas y nadie se asusta por eso o evoca la muletilla de la calidad institucional. Sí debemos preocuparnos cuando estas internas se desmadran y se usa al Estado para ajustar cuentas o se sigue el camino de la violencia; como cuando un grupo de delincuentes (que se creía guardián de la fe pública y de la verdad) tomó por asalto el poder a mediados de los 70, arrodilló la República y dispuso sobre la vida de miles de argentinos.

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