jueves, 13 de diciembre de 2007

El Banco del Sur, por el televisor de los sueños

Horacio Elsinger me acercó la crónica mejor lograda del lanzamiento del Banco del Sur. El artículo es de Hugo Presman y lo que sigue es una reproducción textual.
Tengo un televisor que transmite los sueños. Que trae imágenes del futuro. En colores. Con mucho verde esperanza. Ayer mi televisor enloqueció. Aparecieron imágenes de un acto en Casa de Gobierno. Con la presencia de los presidentes Lula, Evo, Duarte, Chávez, Correa, Kirchner y Cristina Fernández. Y mucha gente especialmente invitada. Era por el lanzamiento de Banco del Sur. Un sueño. Una locura. Una utopía. Claro que para verlo hay que tener esta excentricidad que es el televisor de los sueños.

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Que trae al presente imágenes entrevistas en las utopías juveniles. Con gente vitoreando "Patria si Colonia no". Sí, ahí mismo donde hace apenas una década se proclamaban las relaciones carnales, la idea de la colonia próspera entrando de rodillas al primer mundo. Donde se llegó a importar caca francesa. Ahí donde se aplaudía aquello de "ramal que para, ramal que cierra". Ahí donde hoy están sentadas las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, se promulgaban las leyes de la impunidad y el indulto.
Entre el público alcanzo a avizorar a muchos de los que aplaudían lo contrario de lo que hoy se hace. Por la humedad de los ojos alcanzo o imagino leer una frase de Marx: "En la historia, como en la naturaleza, la podredumbre es el laboratorio de la vida". Está hablando Evo. En su voz y en su piel está buena parte de la historia de las venas abiertas de América Latina. Dice entre otras cosas que el Banco del Sur debería dar paso a la creación de una moneda única sudamericana. Luego pasa al atril Lula. Cuenta la historia de cómo se gestó el Banco del Sur. De cómo se afianzó la relación entre Argentina y Brasil. Dice de pronto: "No existe la posibilidad de salidas individuales". Me parece ver en el público que Simón y José se agarran de las manos con José Gervasio y Francisco. Debe ser una interferencia del pasado en estas imágenes del futuro. Sigue Lula: "O resolvemos la asimetría en la región con una política diferenciada para países como Bolivia, Ecuador, Paraguay y Uruguay, o la integración será sólo parte de los discursos". Me acerco más al televisor. Lula dice: "Evo es lo más extraordinario de lo que nos ha sucedido en Sudamérica. Nadie refleja más que él, la cara de Bolivia". Otra vez una interferencia. Es la imagen de Sucre que sonríe.
Ahora en el atril está Rafael Correa, el presidente de Ecuador. Un economista. Que saluda a las madres y abuelas de Plaza de Mayo y recuerda lo que significó su lucha para los latinoamericanos. Que explica desde este lado del mostrador que no estamos viviendo una época de cambio, sino un cambio de época. Arturo sonríe debajo de su frondoso bigote y sus ojos de paisano pícaro se iluminan. Rodolfo y Juan José se dan la mano. Dice Rafael, después de citar un par de veces a Bolívar: "Tenemos que terminar con la dependencia financiera" y explica clara y académicamente que la autonomía del Banco Central de Ecuador le impedía a los ecuatorianos fijar la política monetaria, pero eso no era obstáculo para que FMI tuviera hasta hace poco sus oficinas dentro del Banco Central, ahí donde para los ecuatorianos el acceso era limitado. Sostuvo la necesidad de crear un Fondo del Sur integrado por las suma de las reservas internacionales de los países de la región tienen depositadas en las naciones del primer mundo, para que sirvan al desarrollo de la región. "Son 250.000 millones de dólares" estimó. El dinero de nuestros pueblos facilita la prosperidad de los pueblos del primer mundo. Concluye diciendo "Hasta la victoria siempre".
Me parece que este televisor de los sueños los exagera hasta hacerlo increíbles. ¿Quién ha escrito este libreto futurista? Este sueño de los setenta sepultado por la derrota y las tragedias consiguientes. ¿Ray Bradbury, George Orwell, Jorge Luís Borges? Si en esos asientos, apenas ayer, descansaban sus posaderas Fujimori, Salinas de Gortari, Henrique Cardoso, Jorge Batlle, Sánchez de Losada. Ahora en el atril está Nicanor Duarte Frutos. El Presidente paraguayo sostiene: "El Banco del Sur abre un proceso de emancipación financiera, nos abre el camino de la liberación política". Luego se extiende sobre conceptos de Rousseau sobre que sin igualdad toda libertad es ficticia.
Ahora en el atril está Hugo Chávez. Dice que va a ser breve después de haber escuchado todos los excepcionales discursos que le antecedieron. Nadie le cree que eso sea posible. El venezolano es un orador atrapante. Empieza recordando el nuevo aniversario de la batalla de Ayacucho. Y hace un relato literario impecable con precisión histórica. Cuenta que ahí se juntaron los latinoamericanos de las distintas regiones, se pusieron el uniforme, formaron un único ejército que era nada menos que el pueblo en armas y dieron la batalla definitiva. Cita a Bolívar, a San Martín, a Perón, y no se priva de comentar que integran una misma línea histórica. Cuenta la trágica historia de los libertadores traicionados por las respectivas oligarquías que terminaron asesinados o en el exilio. Que es eso lo que produjo que una sola nación concluyera en 20 republiquetas. Por un momento lo veo a Jorge Abelardo Ramos aplaudiendo desde su silla. Ese moreno fascinante parece la reencarnación del discurso del "Colorado", autor de "América Latina: un país" que luego la reelaboró con el título de "Historia de la Nación Latinoamericana". Recuerdo su frase que tantas veces he repetido: "Somos argentinos porque fracasamos en ser latinoamericanos". Es demasiado. No se puede tener una sobredosis de sueños. El sonido trae la consigna: "Patria si, Colonia no".
Néstor Kirchner está ahora en ese atril que sus adversarios aborrecen. Cuenta la anécdota cuando se encontró por primera vez con Lula. Viajó en un avión alquilado, con un 22% de apoyo y con la incertidumbre si Menem le iba a dar o no la posibilidad de ir al balotagge. Lo acompañaban integrantes de carrera del cuerpo diplomático que lo alertaban sobre el peligro de Brasil y el de luchar por la hegemonía en el continente. Kirchner ridiculizó las posiciones de sus acompañantes como las rémoras del pasado. Ese donde se consumó la balcanización. Le cedió el atril a Cristina Fernández, que elogió los procesos abiertos por cada uno de los presidentes y en especial a Hugo Chávez. Y dirigiéndose a Lula le dijo (no es textual, es un sueño, pero este es el sentido): "Los argentinos, brasileros y uruguayos tenemos una enorme deuda con el pueblo paraguayo, por haber formado parte de la Guerra de la Triple Infamia. Ese pueblo que era conducido por Francisco Solano López. No es de extrañar entonces que se me critique desde la página editorial de un diario fundado por quien condujo los ejércitos de la Triple Infamia". Arturo Jauretche se ha levantado y aplaude como un loco. Juan José Hernández Arregui le da la mano a Rodolfo Puigros. ¡Vale la pena tener este televisor de los sueños! Otra que Internet. Este invento permite observar como la prédica de los que imaginaron este sueño se encarna en el futuro o tal vez en el presente.
Jorge Abelardo Ramos después de abrazar calurosamente a Chávez, hace lo mismo con Jorge Eneas Spilimbergo. San Martín, Bolívar y Artigas lloran y gritan "Seamos libres y lo demás no importa nada". Chávez los corrige y le dice: "Seamos libres e iguales y lo demás no importa nada". Miguel de Güemes, Manuela Saenz, Juana Azurduy, Simón Rodríguez, Felipe Varela, Augusto Cesar Sandino, Emiliano Zapata, forman filas para saludar a los presidentes. Hay muchos protagonistas más que no entran en este sueño. Son los que con sus sueños y sus luchas pavimentaron el camino. Bolívar se dirige a un rincón y mientras contiene el llanto dice quedamente: "Ha tardado, pero posiblemente ya no sea correcto decir aquello de "He arado en el mar". Perón se acerca, le toca el hombro y le dice: "El siglo XXI, Simón, nos encontrará unidos".
Diviso entre los concurrentes a mi amiga Silvia Bleichmar que se nos adelantó hace unos meses, como dicen los mejicanos. Me hace gestos desde la distancia y creo entender que me dice: "Recordá lo que siempre conversábamos y luego lo puse en el título de un libro: "No me hubiera gustado morir en los noventa". Es cierto. Aunque esto sea sólo un sueño. Ahí está Helder Cámara, el obispo brasileño que me dice: "Cuando uno sueña solo, es sólo un sueño. Cuando soñamos juntos, comienza a construirse otra realidad".
¿Cómo? Que no es un sueño. Que mucho de lo que aquí cuento está pasando. Prefiero apagar el televisor. Tengo miedo que como muchas otras veces la realidad obstruya o evapore la posibilidad que los sueños dejen de serlo. Que el discurso sea sólo un catálogo de buenas intenciones. Pero tal vez en esta oportunidad la victoria esté de nuestro lado. Que necesitemos en el futuro acunar otros sueños, porque aquellos que acompañaron buena parte de nuestras vidas ya se hayan transformado en realidades.

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