domingo, 23 de agosto de 2009

Vinos tucumanos, historia de pioneros

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Amaicha del Valle promete el mejor clima del mundo, desde siempre. La zona conforma un paño que según los especialistas (en estos saberes científicos en los que se ha transformado la industria del vino) es el más adecuado para cultivar vinos de alta gama de los Valles Calchaquies. Su mayor altitud y cercanía con los cerros, le da a los parrales tucumanos un handicap sobre nuestros vecinos catamarqueños y salteños. Sin embargo, hasta aquí sólo ellos fueron capaces de sacarle el jugo a los 520 kilómetros de tierra arisca, arenosa y pedregosa, de amplitudes térmicas enormes, ideales para el exitoso negocio del vino. De Tucumán, pareciera que sólo Tafí del Valle sacó provecho al crecimiento del país de estos útimos años: con la radicación de las segundas casas de gran parte de la burguesía tucumana, que asentó sus reales en lujosas propiedades desparramadas por todo el valle. Otra realidad geográfica, social y económica campea Amaicha y Colalo del Valle, por distintas causas aún esquiva al progreso y bastante lejana al boom inmobiliario de Tafí del Valle. Ambas localidades están surcadas por la mítica ruta 40 desde donde se puede llegar a El Calafate, al Glaciar Perito Moreno, El Bolsón, Bariloche, Chos Malal, a la Ruta del Vino de las provincias de Mendoza y San Juan, a los yacimientos de fósiles de dinosaurios en la Provincia de San Juan, a las aguas termales en Catamarca, a las Ruinas de Quilmes y a la profundidad del horizonte de la Puna. Es la ruta más larga del país, 5.200 kilómetros, transita 11 provincias y corre paralela a la Cordillera de los Andes. Pero tiene una tremenda desventaja: no llega al puerto, y entonces sufre en buena parte de su recorrido las consecuencias del abandono (apenas el 48 por ciento de la ruta 40 esta pavimentada), como ocurre con el tramo Amaicha-Santa María. Allí, en el medio de la nada, se erige la nave insignia de los emprendimientos vitivinícolas tucumanos, la bodega Posse, construida sobre una estructura de gaviones que se eleva a 45 grados de la superficie, desde donde cae un muro de cristal que mira al norte. Una cava a siete metros de profundidad almacena en barricas de roble francés a los primogénitos Julio Julián y El Patriarca, dos productos de la combinación de la alta tecnología moderna en la fabricación de vinos y suelos tucumanos. La bodega de Jorge Posse tiene además 40 hectáreas de vid, 80 de nogales y no está sola: otros emprendedores desafían la hostilidad del terreno. A pocos kilómetros, sobre el Bañado, en la misma ruta 40, está la hostería de Roberto Carro que al fondo tiene plantaciones de torrontés y malbec. La hostería ofrece cómodas instalaciones a 160 pesos la noche. El emprendedor junto a otros productores conforman la cooperativa Trassoles, que desde el Tolombón producen el vino que lleva ese nombre. La bodega, al igual que la tucumana Chico Zossi, trabaja con los productores locales bajo el régimen de maquila. El 70 por ciento para el productor y el resto para el bodeguero. Allí concurren productores como Sergio Obrist, Alfredo Montalbán y Oscar Longo a entregar su cosecha. De esa forma trabajaba ya la primera bodega de Amaicha, de la familia Segura, que trajo junto a Michel Torino en 1918 las primeras barricas al Valle Calchaquí. La familia Penna, afincada ya hace años con sus viñedos en Colalao, apura el trámite y construye en estos momentos su bodega propia. Son muchos los emprendedores que serpentean los valles tucumanos en busca del sueño americano del vino, familias pioneras de la zona e inversores extranjeros ponen sus fichas en este paño de tierra desolado. A la fiebre vitivinícola se quiere sumar ahora además la comunidad indígena de Amaicha, a cargo del cacique Eduardo Nieva, un abogado de los Zazos que quiere aprovechar la capacidad instalada de su pueblo: unas 180 familias conservan desde añares parrales y las técnicas ancestrales para hacer buen vino y aguardiente. Pero ha perdido ya hace mucho la capacidad de organizarse. En ese empeño está Nieva, que pretende además ordenar una viña de 10 hectáreas y una bodega para atender la producción de la comunidad indígena de Amaicha. Deberán esforzarse mucho, la industria del vino viene por estos tiempos bastante sofisticada. Poner un pie firme en el mercado local es el primer desafío. Los vinos de la zona gozan de gran prestigio.
El rumbo que ha tomado la vitivinicultura en el país es vertiginoso. Cuenta por estos días con bodegas muy modernas, técnicos altamente capacitados y recursos naturales excepcionales para la producción de vino de alta calidad y competitividad para llegar a los mercados internacionales. Vinos que cuestan producir entre 10 y 20 veces menos que en Europa, con la misma cantidad de kilos de uva por hectárea. La llegada del capital extranjero promovió el cambio cultural del vino, pasando del consumo doméstico (del vino común de mesa) al objeto de lujo, o casi exclusivo que hoy representa. Hasta hace unos años eran pocas las etiquetas en plaza, hoy coexisten en el país 2.000 bodegas activas. Todos coinciden en que para lograr una mejor posición en el mercado internacional, primero hay que instalar la marca país, como productora de vinos de alta calidad. Hay datos alentadores de la industria: Argentina sólo aporta el 2,5 por ciento de las importación de vinos a los Estados Unidos. Las dificultades están presentes, pero el horizonte a futuro parece alentador.

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