miércoles, 3 de febrero de 2010

Innovación tucumana

Página 12 de hoy publica un extenso diálogo que tuve con Ignacio Jawtuschenko y Leonardo Moledo sobre el estado de la cuestión tecnológica en Tucumán. En la charla comento varios temas que ya fuero tratados en el blog. Lo comparto:

El hipotético jinete cabalgó hasta Tucumán y allí se enteró de que hay un paisaje muy diferente del que imaginaba, poblado de caña de azúcar y nada más. Hay bioetanol, hay soja, hay limón. Y aunque el limón es agrio, no lo es para el progreso.

–¿Cuáles son las principales acciones en Tucumán en innovación tecnológica?

–Tucumán tiene toda una historia de desarrollo tecnológico. Desde hace 200 años está instalada aquí la primera industria pesada del país, la industria azucarera. Ya a partir de ese momento muchas de las cuestiones vinculadas con el conocimiento recibieron un fuerte estímulo. Hace cien años que opera la Estación Experimental Obispo Colombres, uno de los baluartes más importantes que hay en el país en lo que se refiere a la experiencia científico-tecnológica tanto en la vinculación de conocimiento con producción como también en su modelo de gestión. A esto se le sumaron en los años ’70 los primeros centros científicos tecnológicos del Conicet. Tucumán siempre ha tenido una burguesía preocupada por el progreso, lo cual no quiere decir que sea progresista. Tiene un enclave conservador muy importante. Piense que el gobierno de Bussi fue elegido democráticamente.

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–La dictadura acá dejó marcas importantes de persecución y muerte.

–Probablemente las secuelas más notables.

–¿Y cómo se inyecta innovación en una sociedad cruzada por contradicciones y en un contexto tan distinto del de hace 200 años?

–Asumiendo desafíos. Uno de los más importantes que tiene la industria tucumana en términos tecnológicos es la generación de biocombustibles. Tucumán tiene hoy una gran oportunidad. A partir del año pasado se ha puesto en vigencia la ley 26.093 de biocombustibles, con la cual se introduce la obligatoriedad de un 5 por ciento de biocombustibles dentro de la matriz de las naftas.

–¿Y tienen alguna experiencia en esto?

–Hay una larga tradición. Ya en 1922, la Estación Experimental Obispo Colombres informaba sobre la posibilidad del utilizar el alcohol como combustible. En 1979 se lanzó desde la Estación Experimental el Plan Alconafta y en 1981 comenzó en Tucumán su venta masiva. Llevaba un corte del 12 por ciento de alcohol etílico. Al programa se sumaron inicialmente Salta y Jujuy y para 1987 llegaron a integrarse al programa doce provincias.

–¿Y después qué pasó?

–La capacidad de la industria y los cañaverales eran suficientes para cubrir la demanda, pero la falta de políticas de estímulo a la actividad y el recupero del precio internacional del azúcar hicieron que el Plan Alconafta se diluyera.

–Respecto de los residuos que generan estas industrias, ¿cuál es la política en Tucumán?

–Por cada litro de etanol que nosotros producimos estamos tirando al río 13 litros de vinaza. La vinaza es un residuo, que no es tóxico pero es altamente contaminante para los ecosistemas fluviales. Ya se ha bajado el nivel de impacto en un 80 por ciento de la contaminación proveniente de los matarifes y líquidos cloacales, pero no todavía en lo que se refiere al tratamiento de la vinaza. La solución desde el punto de vista tecnológico para resolver este problema es la instalación de biodigestores anaeróbicos.

–Biotecnología en acción...

–Sí. Pero le cuento más. En diciembre del 2008, una citrícola ante la demanda de los vecinos de la ciudad de Tafi Viejo, porque no soportaba la hediondez que la fábrica generaba año tras año en la zona, decide hacer una demanda ante la Secretaría de Medioambiente mediante una acción directa y corta la ruta. Acorralada por esta situación, la empresa envía dos gerentes técnicos a recorrer Europa y Chile para adquirir la tecnología para el tratamiento de efluentes orgánicos para la industria. Finalmente se deciden a hacerlo con la Universidad de Valparaíso, que cuenta con un complejo desarrollo en biodigestores. Pero lo curioso es que había sido transferida hace 15 años por el Proimi, el laboratorio tucumano del Conicet que en ese entonces estaba piloteado por Faustino Siñeriz, actual vicepresidente del Conicet.

–Buena parte de los empresarios no deben tener la más remota idea de que en el ambiente científico-técnico tucumano hay especialistas que puedan ayudar a solucionar un problema como ése.

–Había absoluto desconocimiento. Como consecuencia de ello contactamos a Faustino Siñeris y el equipo de Proimi (Planta Piloto de Procesos Industriales Microbiológicos) y comenzamos activar esa tecnología, que en Tucumán llevaba 20 años dormida. Hay un despertar en esto: nuestra provincia está desarrollando una planta piloto. Además creo que esta tecnología empalma ahora con una madurez social; la sociedad reclama por sus derechos medioambientales y los ingenios tienen que invertir. El holandés Wiebe Bijker, uno de los fundadores de la nueva sociología de la tecnología, diría que “la tecnología tiene que encajar en la sociedad”. La conciencia social respecto del daño ambiental ha venido creciendo progresivamente en estos últimos años, fruto de la mayor y mejor información de los alcances del daño, como también de la consagración de nuevos derechos.

–Hablemos del despertar de la vinculación científico-tecnológica, innovativa, la vinculación entre el sector productivo y el sector del conocimiento aquí en Tucumán.

–Hay hasta acá un serio déficit en lo que se refiere al conocimiento de lo que se hace en los laboratorios vinculados con el Conicet. Eso no ocurre con la Estación Experimental, que viene ya empalmado en una historia de tradición política, institucional con la producción. Cada rama de la actividad industrial está representada en el directorio que lo que hace es bajar la línea sobre qué línea de investigación tiene que seguir adelante la estación, a partir de una demanda concreta del sector productivo. Hoy en día el nivel de tecnificación que tiene la agroindustria en Tucumán está a la vanguardia en cada uno de los rubros. La citricultura de Tucumán y su paquete tecnológico son de nivel mundial, también las frutillas y la caña de azúcar, la más emblemática de nuestros cultivos.

–Claro, me imaginaba que no todo serían cañaverales.

–Hoy ya desde el punto de vista del producto bruto la caña de azúcar no representa lo que representan otras actividades más intensivas, como el arándano, que demanda mucha mano de obra. Hay cultivos importantes, como la soja, que tiene 220 mil hectáreas, frente a 190 mil de la caña de azúcar. Pero por otra parte hay 45 mil hectáreas de limón, que por cada 100 hectáreas ocupan a 300 personas, mientras que por cada 1000 hectáreas de soja hay 3 empleos. Ahí se puede ver cómo el producto bruto de cada actividad por su paquete tecnológico tiene un impacto decisivo.

–¿Qué ejemplo me puede dar de paquete tecnológico y producción agrícola?

–La producción del limón. Es de las actividades más importantes de los últimos 50 años. La historia de la citricultura está directamente ligada con las investigaciones desarrolladas en la Estación Experimental, que desde su fundación hace 100 años tuvo un rigor profesional muy elevado en términos del reclutamiento de su personal. Como resultado de años de apoyo a los productores, la Estación Experimental ha armado el paquete tecnológico que está disponible para cualquier persona que quiera invertir hoy en citricultura en Tucumán.

–Me queda claro que trabajan fuerte con el sector productivo y a nivel social. ¿Realizaron alguna experiencia de innovación?

–El Yogurito, el yogur con bacterias lácticas desarrollado por el Cerela, es un excelente ejemplo de transferencia tecnológica con función social. Fue ganador del concurso nacional “Innovar”. El Yogurito se distribuye en reemplazo de la copa de leche en las escuelas tucumanas desde hace dos años a cien mil chicos por día, en un esfuerzo del Estado provincial y el Conicet.

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