viernes, 29 de octubre de 2010

Néstor

















Es mediodía del viernes y la televisión sigue sacudiendo con su derrotero infinito de dolor. Dos días de insoportable congoja popular, ha muerto Néstor Kirchner. El arquitecto de la nueva Argentina.

Los que no querían ver, los que no querían oir, los tibios, los cínicos, los hipócritas de siempre, ven caer ante sus ojos sus artificios.

Hoy los cultores del desánimo, las tapas de Clarín, las columnas de los Van der Kooy, los Morales Solá y de otros tantos que como ellos operan a diario a favor de los grandes intereses económicos, ceden ante la contundencia del afecto. La emotiva despedida, la pasión, revela en ellos un dato inquietante: la estrecha ligazón que maceró Kirchner con los sectores populares, con el pueblo. Sus luchas no fueron inútiles, ni tampoco se agotan con su muerte. Es la lucha de un pueblo que referenció en él sus consignas y ante cada batalla, fue incorporando a su existencia la experiencia inédita de que la política sí puede cambiar las cosas, y para bien.

Es la robustez de la coherencia la que aflora con su muerte, que la embellece: su nombre será de ahora en más símbolo de pasión, de entrega, de lucha y de compromiso. Demostró que lo que dijo al asumir era posible: no abandonar los principios en la puerta de la Casa Rosada.

La Gran Batalla Cultural

Asumió sin Estado, sin dinero, sin poder político. Con la población abatida, desmoralizada, con millones de desempleados y hogares destrozados por la falta de trabajo. Casi nadie lo conocía, muy pocos podían pronunciar su nombre correctamente.

Cuando llegó el desempleo orillaba el 24%. La pobreza galopante afectaba a más de la mitad de los argentinos, al 54%. Se fue del gobierno con 8,7% de desocupación, un 26% de pobreza y un 8,7% de indigencia, expresión piadosa para denominar a los miserables, que en el 2003 llegaba al 27 por ciento de los argentinos.

Ordenó la deuda externa, nos desendeudó y liberó del control imperial del FMI. Con los presidentes de la región consolidó una política exterior de unidad sudamericana y de clara independencia de los Estados Unidos. Dijo "Alca, alcarajo" y se jugó a fondo en la conferencia de Mar del Plata donde enterró para siempre el programa de libre comercio nortamericano. Una vez más mostró su decisión, su audacia, y nos mostró los límites de lo posible.

Se sacudió de entrada a la Corte Suprema de Justicia de la mayoría automática y nos legó una Corte independiente, altamente calificada y prestigiosa.

Derogó las leyes de flexibilización laboral, reestableció las paritarias y laudó a favor a los trabajadores recomponiendo los salarios. Fijó altas retenciones a las exportaciones a la soja y al petróleo. Se negó a aumentar los servicios públicos y también se negó a reprimir la protesta social, estableciendo un extraordinario precedente para el Estado argentino, de no asociar a la violencia nunca más con la política.

El crecimiento vertiginoso a tasas chinas promovió el consumo, democratizándolo, haciendo que llegue a los sectores donde nunca antes había llegado. Universalizó la jubilación y la mejoró sensiblemente.

Apoyó la lucha de los organismos de derechos humanos y la transformó en bandera nacional, cuando la sociedad aún aturdida no comprendía la dimensión de aquel gesto de autoridad. "Proceda", ordenó. Y luego Bendini, retirando el cuadro de Videla del Colegio Militar, en una imagen que surcó para siempre a la historia argentina. Castigó de esa forma, con rigor y consistencia, a los impusieron por el terror su modelo de saqueo, pobreza y desnacionalización.

Todo esto lo hizo a contrapelo de las más empinadas plumas de los diarios, de la opinión de los economistas más especializados y de los políticos más experimentados. Del establishment. De ese lugar al que no pertenecía y al que tampoco le interesó nunca pertenecer.

Identificó y rescató como nadie, las demandas de su tiempo, de nuestra generación. De los que queremos un país más justo, con mejor distribución de la riqueza, más plural, con medios desmonopolizados y democratizados, de los que queremos un país sin impunidad. Ese rescate histórico será muy difícil de torcer en las próximas elecciones, al menos para la derecha reaccionaria que seguirá azuzando desde sus lugares comunes, lúgubres, y ahora más expuestos que nunca.

La acción de Néstor Kirchner se encaramela a la más noble tradición política argentina, y esta destinada a quedar en el recuerdo eterno que le reserva el pueblo argentino a sus líderes populares.

Su legado lo sobrevivirá y reactualizará siempre la trifulca política.

Hoy la responsabilidad de sostener sus banderas está en cabeza de Cristina, su compañera de toda la vida. Y como sabemos todos después de este dramático desenlace, no está sola.

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